La anemia trae consecuencias: alteraciones emocionales, baja atención, mayor irritabilidad. ¿Hasta que punto afecta el rendimiento escolar?
La carencia de hierro es hoy un problema nutricional en todo el mundo: la sufren por lo menos la mitad de niños, adolescentes y mujeres en edad fértil, en los cinco continentes. Es lo que se ha llamado el hambre oculta: en la medida en que sube el nivel de vida y se reduce la desnutrición calórica proteica, se hacen manifiestas deficiencias de micronutrientes (minerales, vitaminas). En nuestro país el problema afecta principalmente a lactantes y embarazadas y las cifras son preocupantes: un 28.1 y 20%, respectivamente, sufre anemia.
Carrito transportador de oxígeno
Nuestro organismo contiene 3 a 5 gramos de hierro y están prácticamente dedicados a la importante tarea de transportar oxigeno, formando parte de dos proteínas: la hemoglobina en los glóbulos rojos de la sangre y la mioglobina en el músculo, que es un gran consumidor de oxigeno. Es fácil entonces inferir qué sucede cuando hay carencias de hierro. Los tejidos no reciben suficiente oxígeno -les falta el carrito transportador- y entonces hay fatiga, apatía y palidez, cuadro muy conocido como anemia ferropénica. El niño nace con su reserva de hierro, con una cantidad que le dura, si es de término, cuatro a seis meses y si es prematuro, dos meses. El hierro absorbido debe cubrir las pérdidas, las necesidades de crecimiento y mantener las reservas. Por su elevada velocidad de crecimiento y bajo aporte de hierro en la dieta habitual, los niños están entre los grupos más expuestos a experimentar carencias de este nutriente.La leche materna protege al lactante por seis meses; después sólo lo logra en forma parcial y es necesario suministrarle hierro. En USA lactantes y niños consumen leches y cereales fortificados con hierro.
Alteraciones de la conductaTomás Walter, pediatra y hematólogo del INTA, observó que los niños con anemia por falta de hierro durante el primer año de vida, mostraban disminución del desarrollo psicomotor, alteración que no se corrige con darles hierro. A estos niños se les volvió a controlar, a edades preescolar y escolar, y persistían algunas de las alteraciones del desarrollo que presentaron cuando eran lactantes. Por ejemplo, 5 puntos menos de CI."Pero el gran problema es que los niños con carencia de hierro provienen de sectores socioeconómicos bajos y una serie de factores -pobreza, bajo nivel educacional de la madre, etc.- nos dificulta aclarar si tienen relación o sólo se trata de carencia de hierro. Desde antiguo los pediatras han caracterizado al niño carente en hierro como irritable y desinteresado con el medio. Estos síntomas desaparecen a los pocos días de administrarle hierro.Hace más de una década, la Dra. Web y sus colaboradores describieron en adolescentes anémicos de USA, presumiblemente deficientes en hierro, un menor rendimiento escolar y alteraciones conductuales en la sala de clases, tales como irritabilidad, inquietud y conducta desordenada. Más recientemente la Dra. Palti, en Israel, demostró una correlación directa entre el coeficiente intelectual a los cuatro años con la concentración de hemoglobina determinada a los nueve meses de edad. Pollitt, psicólogo peruano, en estudios realizados en USA y Guatemala, describió en niños de seis años deficientes en hierro un mayor número de errores en un test de memoria simple y en otros tests un mayor número de ensayos para obtener un criterio de aprendizaje. Un trabajo realizado por la Dra. norteamericana Lozoff en Guatemala muestra resultados muy similares.En algunos de los trabajos realizados en lactantes deficientes en hierro se han descrito anomalías conductuales tales como disminución de la capacidad de atención, cooperatividad y coordinación, mayor irritabilidad y mayor frecuencia de alteraciones emocionales. En general, estas alteraciones mejoran con la terapia de hierro.A muchas de las investigaciones realizadas se las ha criticado por no poder excluir que las anormalidades encontradas se deban a condiciones familiares o socioeconómicas o por no descartar que ellas obedezcan a malnutrición calórica proteica u otras deficiencias. Pese a ello es evidente que en la carencia de hierro existe un compromiso de funciones cognitivas y no cognitivas, con la posibilidad de que alteraciones no cognitivas (disminución de la atención, irritabilidad, inseguridad, etc.) pudieran al menos explicar parcialmente las anomalías en el coeficiente de desarrollo mental o en el coeficiente intelectual. La evidencia actual de que estas alteraciones del intelecto se corrigen parcialmente con terapia de hierro enfatiza la importancia de la prevención de esta carencia, empleando alimentos fortificados con hierro o suplementos medicinales a los grupos más expuestos.
Lo que deben saber los hombres
lunes, 19 de octubre de 2009
No tengo por qué estar aquí. Ese fue el primer pensamiento de Brian Bishop cuando despertó en la unidad coronaria de un hospital cerca de su casa en Pelham, Nueva Hampshire. Sí, tenía sobrepeso—mucho sobrepeso—, pero era un hombre de 28 años que nunca había estado enfermo. Aun así ahí estaba, rodeado de pacientes cuatro décadas mayores que él.
La noche anterior, Bishop se había sentido dolorido y mareado. Primero pensó que tenía gripe, pero cuando comenzó a temblar sin control llamó al 911. Cuando el médico de guardia le dijo que estaba sufriendo un infarto, Bishop pensó que era mentira. “Lo agarré por las solapas y le dije que no le creía. ¡Era demasiado joven!”. El jefe de cardiología fue categórico. “Me dijo: ‘Depende de usted si quiere vivir o morir’”, recuerda Bishop. “No tuve más remedio que prestarle atención”. En la sala de operaciones, los cirujanos le insertaron un pequeño tubo metálico llamado stent para abrir su arteria bloqueada. Eso le salvó la vida, pero lo que vivió es la pesadilla de cualquiera: un paciente sin antecedentes familiares demales cardíacos cuyo primer síntoma es un infarto masivo. Según la Asociación Americana del Corazón (AHA, por sus siglas en inglés), por lo menos la mitad de las personas que mueren repentinamente cada año por males coronarios ignoraba su problema. Lo anterior ha dado pie a la errónea y generalizada idea de que la mitad de los infartos llega de improviso. No es cierto, dice la cardióloga JenniferMieres, vocera de la AHA. Un estudio de 2004 con más de 29.000 personas reveló que por lo menos el 90 por ciento de los primeros infartos puede ser atribuido a problemas como colesterol alto o diabetes.
“Si investigamos un poco —dice la doctora Mieres, directora de cardiología nuclear de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York—, casi siempre detectamos un factor de riesgo no descubierto, pasado por alto o mal atendido”. Ese fue el caso de Bishop. Aunque había practicado deportes en la universidad, subió 35 kilos por comer a las apuradas, por no hacer ejercicio y por trabajar sin descanso durante el auge inmobiliario en Boston a principios de esta década. Cuando se hizo una prueba de colesterol después de su infarto, sus números superaban todos los límites; su LDL (colesterol malo) era demás de 200mg/dl (el indicador de riesgo comienza en 190), y el HDL, que limpia las arterias, era de 18 mg/dl (lo ideal para los hombres es 40 o más). Bishop ignoraba el riesgo que corría porque no había ido al médico en años. Los hombres evitan las consultas médicas mucho más que las mujeres, dice el cardiólogo J. James Rohack, presidente electo de la Asociación Médica de Estados Unidos (AMA, por sus siglas en inglés), así que ni siquiera conocen sus niveles de colesterol. “Es habitual”, dice el cardiólogo StephenNicholls, de la Clínica Cleveland, en Ohio.
“Los hombres desconocen sus factores de riesgo y sufren ataques cardíacos prematuros”. Bishop era joven para sufrir un infarto; aunque los hombres suelen desarrollar males cardíacos 10 o 15 años antes que las mujeres, no entran en la zona roja de riesgo hasta los 45. Aun así, era el arquetipo de las víctimas de calamidades cardiovasculares. Para empezar, su vientre era muy grande. Los hombres suelen acumular grasa en el centro del cuerpo, lo que es mucho más peligroso que la forma de pera común entre lasmujeres. “Las células de grasa en el vientre son más dañinas, pues liberan ácidos grasos y otras sustancias que viajan directamente al hígado”, dice el doctor Rohack. Según un estudio con más de 350.000 personas, un hombre con una cintura de más de 100 centímetros tiene el doble de probabilidades de morir prematuramente que otro cuya cintura mida menos de 85. (Para las mujeres, más de 90 centímetros es una bandera roja.) Bishop además roncaba. Esta característica, mucho más común en los hombres, no es sólo una causa de insomnio para sus esposas; a menudo es una señal de un peligroso trastorno llamado apnea del sueño. Los afectados (dos tercios de ellos hombres) dejan de respirar por entre 10 y 30 segundos o incluso por más tiempo, hasta 400 veces por noche. La falta de oxígeno mata neuronas en regiones que regulan la presión arterial, dice el doctor Ronald M. Harper, neurólogo y especialista en apnea del sueño de la Facultad de Medicina David Geffen, de la Universidad de California, en Los Ángeles.
Eso puede generar hipertensión o grandes variaciones en la presión arterial, lo que endurece los vasos sanguíneos. Pero aunque los hombres tengan más probabilidades de padecer males cardíacos—por lo menos hasta los 65 años, cuando las mujeres los alcanzan—, cuentan con una ventaja para resolver el problema. Los cambios de estilo de vida (adoptar una dieta saludable, hacer ejercicio frecuente, evitar el tabaco, bajar de peso) son la primera línea de defensa, aun si también se requieren fármacos, y una vez que los hombres lo deciden se deshacen más fácilmente que las mujeres de los kilos demás, pues su metabolismo es más rápido, aseguran los expertos. “Tiré todo lo que había en mi cocina (galletitas, comida chatarra) y comencé a leer etiquetas”, dice Bishop. Junto con su esposa y su perro, comenzó a caminar 15 cuadras cada noche; después agregó una hora en una bicicleta fija, y más tarde dos. En poco más de un año bajó 50 kilos y redujo su cintura de 125 centímetros a menos de 80. Ahora, a cuatro años de su infarto, compite en triatlones. Sólo toma una dosis baja de un fármaco con estatinas, y su colesterol malo ha bajado y el bueno se incrementó. Su actitud es otra.
“Después del infarto, pensé que todo había terminado. Tenía miedo de caminar una cuadra y provocarme otro ataque”, dice. “Saber qué hacer me cambió la vida. No es una ciencia; sólo se necesita motivación”.
La noche anterior, Bishop se había sentido dolorido y mareado. Primero pensó que tenía gripe, pero cuando comenzó a temblar sin control llamó al 911. Cuando el médico de guardia le dijo que estaba sufriendo un infarto, Bishop pensó que era mentira. “Lo agarré por las solapas y le dije que no le creía. ¡Era demasiado joven!”. El jefe de cardiología fue categórico. “Me dijo: ‘Depende de usted si quiere vivir o morir’”, recuerda Bishop. “No tuve más remedio que prestarle atención”. En la sala de operaciones, los cirujanos le insertaron un pequeño tubo metálico llamado stent para abrir su arteria bloqueada. Eso le salvó la vida, pero lo que vivió es la pesadilla de cualquiera: un paciente sin antecedentes familiares demales cardíacos cuyo primer síntoma es un infarto masivo. Según la Asociación Americana del Corazón (AHA, por sus siglas en inglés), por lo menos la mitad de las personas que mueren repentinamente cada año por males coronarios ignoraba su problema. Lo anterior ha dado pie a la errónea y generalizada idea de que la mitad de los infartos llega de improviso. No es cierto, dice la cardióloga JenniferMieres, vocera de la AHA. Un estudio de 2004 con más de 29.000 personas reveló que por lo menos el 90 por ciento de los primeros infartos puede ser atribuido a problemas como colesterol alto o diabetes.
“Si investigamos un poco —dice la doctora Mieres, directora de cardiología nuclear de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York—, casi siempre detectamos un factor de riesgo no descubierto, pasado por alto o mal atendido”. Ese fue el caso de Bishop. Aunque había practicado deportes en la universidad, subió 35 kilos por comer a las apuradas, por no hacer ejercicio y por trabajar sin descanso durante el auge inmobiliario en Boston a principios de esta década. Cuando se hizo una prueba de colesterol después de su infarto, sus números superaban todos los límites; su LDL (colesterol malo) era demás de 200mg/dl (el indicador de riesgo comienza en 190), y el HDL, que limpia las arterias, era de 18 mg/dl (lo ideal para los hombres es 40 o más). Bishop ignoraba el riesgo que corría porque no había ido al médico en años. Los hombres evitan las consultas médicas mucho más que las mujeres, dice el cardiólogo J. James Rohack, presidente electo de la Asociación Médica de Estados Unidos (AMA, por sus siglas en inglés), así que ni siquiera conocen sus niveles de colesterol. “Es habitual”, dice el cardiólogo StephenNicholls, de la Clínica Cleveland, en Ohio.
“Los hombres desconocen sus factores de riesgo y sufren ataques cardíacos prematuros”. Bishop era joven para sufrir un infarto; aunque los hombres suelen desarrollar males cardíacos 10 o 15 años antes que las mujeres, no entran en la zona roja de riesgo hasta los 45. Aun así, era el arquetipo de las víctimas de calamidades cardiovasculares. Para empezar, su vientre era muy grande. Los hombres suelen acumular grasa en el centro del cuerpo, lo que es mucho más peligroso que la forma de pera común entre lasmujeres. “Las células de grasa en el vientre son más dañinas, pues liberan ácidos grasos y otras sustancias que viajan directamente al hígado”, dice el doctor Rohack. Según un estudio con más de 350.000 personas, un hombre con una cintura de más de 100 centímetros tiene el doble de probabilidades de morir prematuramente que otro cuya cintura mida menos de 85. (Para las mujeres, más de 90 centímetros es una bandera roja.) Bishop además roncaba. Esta característica, mucho más común en los hombres, no es sólo una causa de insomnio para sus esposas; a menudo es una señal de un peligroso trastorno llamado apnea del sueño. Los afectados (dos tercios de ellos hombres) dejan de respirar por entre 10 y 30 segundos o incluso por más tiempo, hasta 400 veces por noche. La falta de oxígeno mata neuronas en regiones que regulan la presión arterial, dice el doctor Ronald M. Harper, neurólogo y especialista en apnea del sueño de la Facultad de Medicina David Geffen, de la Universidad de California, en Los Ángeles.
Eso puede generar hipertensión o grandes variaciones en la presión arterial, lo que endurece los vasos sanguíneos. Pero aunque los hombres tengan más probabilidades de padecer males cardíacos—por lo menos hasta los 65 años, cuando las mujeres los alcanzan—, cuentan con una ventaja para resolver el problema. Los cambios de estilo de vida (adoptar una dieta saludable, hacer ejercicio frecuente, evitar el tabaco, bajar de peso) son la primera línea de defensa, aun si también se requieren fármacos, y una vez que los hombres lo deciden se deshacen más fácilmente que las mujeres de los kilos demás, pues su metabolismo es más rápido, aseguran los expertos. “Tiré todo lo que había en mi cocina (galletitas, comida chatarra) y comencé a leer etiquetas”, dice Bishop. Junto con su esposa y su perro, comenzó a caminar 15 cuadras cada noche; después agregó una hora en una bicicleta fija, y más tarde dos. En poco más de un año bajó 50 kilos y redujo su cintura de 125 centímetros a menos de 80. Ahora, a cuatro años de su infarto, compite en triatlones. Sólo toma una dosis baja de un fármaco con estatinas, y su colesterol malo ha bajado y el bueno se incrementó. Su actitud es otra.
“Después del infarto, pensé que todo había terminado. Tenía miedo de caminar una cuadra y provocarme otro ataque”, dice. “Saber qué hacer me cambió la vida. No es una ciencia; sólo se necesita motivación”.
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